Educar y respirar

En la pedagogía Waldorf se trabaja con el principio de la respiración, esto quiere decir que todo proceso necesita de una fase de inspiración y otra de exhalación. Necesitamos ambas fases para poder estar sanos y, cuando se trata de educación, la capacidad de alternar actividades o incluso actitudes que concentren con otras que expandan... es un regalo que hace de la enseñanza el arte de la fluidez....

jueves, 8 de noviembre de 2012

Resultados de la autoevaluación

A raíz de un comentario sobre mi última publicación, quiero compartir con vosotros cómo trabajar con la autoevaluación y qué resultados puede tener en la educación de los niños.

Al hacer uso de la autoevaluación, el alumno empieza a hacerse responsable de su proceso de aprendizaje. Para que  realmente funcione y sea objetiva y funcional, hay que trabajarla de muchas maneras diferentes y desde el principio de la escolarización.

Por ejemplo, cuando los niños empiezan a escribir redacciones, el maestro puede leerlas y señalar cosas que deben revisar. El alumno, al ver la palabra subrayada, suele saber inmediatamente qué le sucede a esa palabra, por ejemplo que le falta una hache, y él mismo lo corrige. En caso de que no lo sepa, recurre al diccionario, busca la palabra y la corrige. En mi experiencia, he comprobado que los alumnos mejoran rápidamente su ortografía.

Cuando se trabaja de esta manera, el alumno implica su propia voluntad en la corrección, siente que sabe corregir sus propios errores y asimila el nuevo conocimiento con gran facilidad, pues es mucho más fácil recordar algo en lo que has participado activamente, que algo que ha hecho otra persona por ti.

Es lo mismo que cuando vamos a un sitio nuevo en coche, probablemente recuerdes mejor cómo llegar al sitio si la primera vez que fuiste conducías tú, que si conducía otra persona.

Otro ejemplo puede ser pedir a los alumnos que escriban todo lo que recuerden sobre un tema concreto tratado en clase. Después lo comparan con sus apuntes de la clase y escriben en otra hoja qué cosas han olvidado. Ellos mismos ven cómo ha quedado la balanza, y de paso, vuelven a repasar todo aquello que no recuerden sobre el tema.

Se puede variar haciendo que sean ellos quienes elijan el tema y después reflexionar cuál les ha resultado más fácil y por qué.

Los resultados suelen ser una mayor capacidad de reflexión sobre uno mismo, mayor objetividad, mayor implicación en el aprendizaje, mejora de la memoria y de la asimilación de los contenidos, mayor entusiasmo por aprender y aumento de la autoestima.

Realmente se trata de proponer formas de evaluación que lleven al alumno a tomar conciencia por si mismo de su proceso y del resultado de su esfuerzo. El alumno percibe que no está siendo juzgado, que el maestro confía en sus capacidades y que es capaz de mejorar y corregir cualquier equivocación. Y es de aquí de donde sale el verdadero entusiasmo por aprender. 
Artículo publicado por misait

Sara Justo Fernández
Maestra Waldorf
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
http://www.sarajusto.com/

domingo, 4 de noviembre de 2012

La autoevaluación en la escuela

Hoy me gustaría hacer una reflexión sobre el uso de la autoevaluación en la escuela.

En mi opinión, la evaluación es una herramienta que ayuda a los docentes y a los alumnos a darse cuenta de si el proceso de enseñanza aprendizaje está funcionando o no, y qué cosas hay que cambiar para que funcione mejor.

Cuando la prueba de evaluación sólo evalúa contenidos, que son corregidos por el maestro, para dar como resultado único una calificación, ¿qué información estamos dando al alumno? ¿Dónde reside la objetividad de esta evaluación? ¿Ayuda esto al alumno a comprender su proceso de aprendizaje?

 Podemos diseñar formas de evaluación de manera que los propios alumnos puedan darse cuenta de cómo ha sido su proceso y qué resultados ha tenido, y puedan expresar cómo se han sentido y qué cosas cambiarían de este proceso. Esto es una información muy valiosa para el profesor, que puede así darse cuenta de sus propias equivocaciones y cambiar.

Cuanto más partícipe es el alumno del proceso de evaluación, mayor es la conciencia y la responsabilidad que toma sobre su aprendizaje. El alumno necesita poder expresarse, poder ver dónde se ha equivocado y autocorregirse, ser consciente de qué es lo que necesita para aprender más y qué es lo que verdaderamente le interesa.

Una corrección externa puede dejar malestar y poca conciencia, sin embargo, la autocorrección permite sentir que uno mismo sabe la respuesta correcta.

La autoevaluación tiene que ver con la capacidad de percibirse a uno mismo y tomar conciencia de qué cosas quiero cambiar y cómo puedo hacerlo. Esto genera un impulso desde el propio interior hacia el cambio.

Podemos extrapolar este pensamiento a cosas más concretas, por ejemplo, cuando un niño está aprendiendo a escribir. Al principio escribe las cosas tal como suenan, ¿qué pasaría si hubiese alguien a su lado que lo corrige constantemente? ¿Y qué pasaría si él mismo descubriese, un poco más adelante, la forma de escribir esas palabras?  ¿Cuál es la diferencia entre un proceso y el otro? ¿Quién está activo en el primer proceso, el niño o la persona que lo corrige? ¿Quién está activo en el segundo proceso?


Estas reflexiones tienen que ver tanto con la escuela como con la vida misma, con la educación en casa, con cualquier proceso de aprendizaje, si bien sería muy interesante que los docentes reflexionáramos seriamente sobre el efecto de las calificaciones sobre los alumnos y su dudosa  validez a la hora de facilitar el aprendizaje.



Artículo publicado por misait 

Sara Justo Fernández
Maestra Waldorf
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
http://www.sarajusto.com/


lunes, 29 de octubre de 2012

La presencia y los niños estresados

Si observamos a los niños pequeños, nos damos cuenta de la ilusión con la que se encuentran cada objeto, cada ser, cada situación que sucede. No están en el fin, si no en el ahora, en el vivir totalmente presentes.
 Recuerdo ver a dos niños jugar a asustarse, uno se tapaba con una sábana, la levantaba y decía: ¡Uh!, la otra niña se reía y tomaba su turno para hacer lo mismo. Estuvieron así durante horas, riendo sin parar.
La educación tradicional y el estilo de vida de hoy en día suele acabar con esta presencia. Es un mundo de objetivos, fichas, evaluaciones, exámenes… Como si hubiera una carrera que ganar, algún sitio al que llegar, raudos y veloces, sin tiempo para sentir ni disfrutar del camino, sin tiempo para asimilar las experiencias y los conocimientos. Desde los tres años ya tienen que ir bien en inglés, aprender a tocar el violín y empezar con actividades extraescolares, ir de excursión y salir del nido materno, incluso a dormir fuera.
Y los niños se adaptan a todo, si les exigimos todo esto, intentarán conseguirlo, y así se convierten en pequeños hombres y mujeres de negocios, estresados por su productividad y por llegar a donde se les requiere.
Qué diferente es cuando se les permite jugar todo lo que quieran durante su primera infancia, sin prisa. Cada paso es único y requiere toda la atención, se desarrolla la concentración, la fuerza de voluntad, la vivencia de su propio cuerpo físico, y no sólo de su mente. El desarrollo físico está completamente ligado al desarrollo de nuestras capacidades de aprendizaje; cuando un niño no se ha movido lo suficiente en sus primeros años de vida, no consigue inhibir reflejos que luego obstaculizan su aprendizaje y se convierten en la causa de su fracaso escolar.
Si fuéramos capaces de permanecer con ellos en el presente, en vez de pasarnos el día exigiéndoles rapidez, diciéndoles lo que haremos el día siguiente, la semana siguiente o el año siguiente… Aprenderíamos con ellos a olvidar el estrés y ser más capaces de resolver nuestros problemas con concentración y total presencia.
Es la forma más sencilla y eficaz de estar presente, ser un niño. En vez de intentar hacer de ellos pequeños adultos, podríamos empezar a observarles con cariño, tiempo y empatía y descubriríamos qué es lo que verdaderamente necesitan, qué es lo que les sienta bien… y los niños crecerían sanos y felices.
Y quizá nosotros también.



Artículo publicado por Misait
 Sara Justo Fernández
Maestra Waldorf
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
http://www.sarajusto.com/

La intervención en el mundo de los niños



Me gustaría hablar sobre la importancia de aprender cuándo debemos intervenir en las experiencias de los niños y cuándo nuestra intervención debilita al niño e impide que desarrolle sus propias capacidades. A veces, lo único que necesita es sentirse acompañado y seguro de sí mismo y no que resolvamos sus problemas.
Llevo tiempo observando cómo los niños son capaces, en muchas ocasiones, de resolver sus conflictos por sí mismos y salir fortalecidos de la experiencia. Todo empieza por cosas pequeñas… Por ejemplo, cuando un niño te pide que le subas a un lugar donde él no llega: si lo haces, depende de ti cada vez que quiera subir. Si no lo haces, pero te quedas acompañándolo por si quiere intentarlo él solito, le das confianza. Y el día que consigue subir es algo que ha conseguido gracias a su esfuerzo y se siente seguro.
Cuántas veces, al acercarnos a un niño que se ha caído, de repente llora más fuerte, o se queja de algo porque está acostumbrado a que sea el adulto quien tome el mando y resuelva los problemas, y, cómo cambia todo cuando de repente se da cuenta de que lo tiene que resolver él y empieza a desarrollar sus propias capacidades.
Hay situaciones en las que es difícil distinguir si es necesaria la intervención, obviamente si está en juego la integridad física o psíquica del niño, es necesario actuar, pero cuando se trata de temas morales o disputas entre niños, creo que es importante ser muy cuidadoso. A veces el niño necesita llevar hasta las últimas consecuencias su acción para ver que estaba equivocado, y si le “convencemos” racionalmente de ir contra sus deseos, hay algo que no se aprende, algo que se reprime sin entender por qué.
Un ejemplo es el tema del dolor. Cuántas veces vemos a un niño llorar de dolor, y cuántas veces nuestra intervención le impide asimilarlo.
La mayoría de las veces, queremos que su dolor desaparezca rápido, y recurrimos a remedios, tradicionales, químicos o alternativos para eliminar el dolor. No queremos sentir el dolor, y menos que nuestros hijos lo sientan, no podemos escuchar el mensaje que trae.
En ocasiones le quitamos importancia; “¡Si no es nada!”, otras veces desviamos la atención al causante del dolor; “¡Ay, qué malo el niño, que te ha empujado!”… O quizá nos alteramos tanto, con gestos y gritos, que asustamos al pequeño y le causamos una sensación de dolor mucho mayor de lo que es realmente. Todas estas reacciones hacen que después, cuando el niño crezca, sea incapaz de reconocer su dolor, o que huya de todo aquello que pueda causarle dolor o, incluso peor, que  culpe a otros de su propio dolor.
Si pudiéramos sentarnos a su lado, serenos y sintiendo su dolor, simplemente acompañándolos con nuestra presencia, veríamos como el niño lo asimila como algo natural, y al ratito se levanta y sigue jugando.


Artículo publicado por Misait
Sara Justo Fernández
Maestra Waldorf
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
http://www.sarajusto.com/



domingo, 28 de octubre de 2012

Educación viva

Además de la importancia de la creación del vínculo entre el maestro y el alumno, también es muy interesante el vínculo entre el alumno y el contenido de la materia de aprendizaje.
En la escuela donde trabajo, que tiene como fundamento la pedagogía Waldorf, todo el currículum y la organización de las clases están orientados hacia una enseñanza “viva” de las materias. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que se crean experiencias de aprendizaje donde los niños experimentan, juegan, representan y crean una relación anímica con los contenidos.
La diferencia estriba en que el niño, en vez de ser un sujeto receptor de los conocimientos, es activo, busca, investiga, experimenta y descubre. Esto tiene como consecuencia directa una impresión imborrable en la memoria del niño. Es como la diferencia entre leer la receta de la lasaña y hacer una lasaña. La experiencia activa hace que recordemos las cosas con mayor precisión y claridad.  ¡Y qué buena está la lasaña que ha hecho uno mismo!
Este tipo de experiencias crea una relación íntima con los contenidos y también con los compañeros y con los maestros. 
Durante un tiempo estuvimos yendo a observar unos árboles que crecían cerca de la escuela. Los cuidábamos, los dibujábamos, investigábamos sobre ellos en libros de texto y preguntando a la gente del barrio, escribíamos sobre ellos. Para los niños, estos árboles eran los árboles más magníficos y maravillosos del mundo, y los cuidaban con una ternura increíble. Y esto creó un vínculo muy hermoso con la vida y además un interés profundo por todo el mundo natural. A partir de este momento, los niños investigaban por motivación propia y cada día uno u otro me explicaba que había encontrado un nuevo tipo de árbol que no conocía en su barrio, o que había ido al botánico y había visto árboles tropicales…
Cuando se consigue establecer este vínculo anímico entre la materia y el niño, aflora de forma espontánea el entusiasmo, y la motivación por aprender proviene de lo más profundo del niño.






Artículo publicado en misait
Sara Justo Fernández
Maestra Waldorf
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
http://www.sarajusto.com/




La importancia del vínculo


Hace muchos años, cuando decidí dedicarme a la enseñanza, tuve una experiencia única, que condicionaría toda mi práctica educativa. Me fui a trabajar a Inglaterra como maestra interina de una residencia de niños con autismo profundo. Lo que más llama la atención en este entorno es la necesidad urgente de encontrar un sistema de comunicación, ya sea verbal, gestual o pictórico para conectar con los niños, pues sin un medio de comunicación es totalmente imposible saber qué necesitan, ni ellos pueden comprender qué te propones cuando te acercas a ellos.
¿Y cuál es el requisito fundamental para desarrollar un sistema de comunicación? Tener ganas de comunicarse, que ambas partes deseen hacer llegar al otro lado algún tipo de mensaje. Si no percibo que hay alguien al otro lado, ¿para qué voy a comunicarme?
Al principio, yo no tenía ni idea de cómo conseguir eso… ¿cómo lograr que sepan que estoy aquí  y que quiero ayudarles? La frustración llenaba mis días, así que dejé de intentar cosas que no funcionaban y me puse a observar a los niños, para conocerlos mejor. Empecé a ver qué cosas les hacían reír, cuándo se ponían nerviosos o se asustaban, qué experiencias o movimientos repetían a menudo… Y un buen día, mientras estaba con uno de estos niños, que realizaba repetidamente un movimiento concreto, me puse a imitarlo. Durante un rato, fue como si el tiempo se detuviese, y de repente, me miró a los ojos. Fue una mirada fugaz, pero fue el inicio de un vínculo. Me había visto, en mi humilde opinión, porque yo había empezado a verlo a él.
Esto me enseñó que la creación de un vínculo verdadero entre el maestro y el alumno es una base magnífica e imprescindible para las experiencias educativas.


Artículo publicado en misait
Sara Justo Fernández
Maestra Waldorf
Formadora de maestros, especialista en pedagogía Waldorf.
http://www.sarajusto.com/